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No es insomnio. Solo cuesta dormir.

Nueva colaboración de Emmanuel Torres Irepan

Esta noche cuesta trabajo dormir.

Hace un año que de madrugada mi hermano me dio la noticia, así sin decirlo, solo llegó y se metió a mi cuarto, todavía estaba oscuro y yo por alguna razón estaba despierto ya sabiendo a qué venía hasta mi cama.


Días antes soñé con ella, ha sido el sueño más hermoso de los sueños que siempre sueño… Estaba en el potrero, pero el potrero era diferente, era completamente hermoso, con una laguna con piedras preciosas y cristalina , rodeada de miles de flores donde nadaba como si tuviera trece años, sin pena y sin dolor alguno, con una carcajada de libertad y de paz.

Una paz que a veces se añora por estos días de su ausencia.


El último diez de mayo que estuve con ella, llegando a su casa me metí a su cuarto y al verla, me dijo un montón de cosas, así sin palabras, con esta forma suya tan extraña de hablar que fuimos aprendiendo, como despidiéndose de mí.

Ya con sus palabras me pidió que me cuidara por sobre todas las cosas, y que no la tuviera con pendiente, que de sus nietos yo era el que más la preocupaba. Me pidió que me fijara bien de una de mis primas, que la viera bien como mi hermana. Me abrazo y me dio la bendición y sentí un amor, el amor más grande.


Yo no sé si lo estemos haciendo bien, no me interesa saberlo tampoco, por no caer en esto de enjuiciar la vida misma que nos dejó aquí; después de su partida física, entre los baúles y sus fotos conocí facetas de ella que nunca antes había imaginado, entre las pláticas con sus hermanas y su papá que me platicaron muchas cosas de toda su vida, me hicieron imaginarla ya no sólo como mi abuela sino como una niña, una adolescente, una muchacha y una señora, perspectivas de ella que eran nuevas para mi, después de su partida.

Entendiendo también todas sus imperfecciones, su carácter tan complicado, porque fue una mujer que siempre exigió lo bueno, no por berrinche sino porque sabía cómo se conseguían las cosas buenas, en todo, en la comida, en la casa, en las plantas, en el comercio no se diga, sabía negociar como nunca más he visto en alguien más.

Siempre entregada al trabajo, todo el tiempo arrebató su autonomía, y defendiendo siempre su autodependencia, tanto emocional como económica, siempre a su modo.
Conoció y arrulló a quien es hoy su más pequeña nieta, de veintitrés nietos y seis bisnietos.


“Parecen hombres” decía, cuando veía que no había armonía y orden, que razón tenía…


Desde que yo era un bebé crecí en la tortillería viéndola trabajar y junto con mi madre me enseñó todo lo que ahora sé y hago.
La vida no le tocó fácil, pero sacó siempre provecho hasta de lo que la vulneraba, y supo convertir el exceso de responsabilidades y carencias en puro arte, entre sus plantas, sus altares, su comida, sus oraciones.


Sus amistades a veces me parecían extrañas porque siempre fue un misterio para mí sobre qué temas podría hablar con ellas, y fue sorprendente cuando una de sus amigas me habló de ella.
La enfermedad mucho tiempo la llevó al aislamiento, al enfado, y creo que en eso evolucionó rápido a abrazar sus propios espacios, a saber estar sola y en silencio, cosa que hoy pareciera imposible.


De repente la gente le molestaba, y estaba bien pero bien complicado darle un gusto, en ese sentido yo le decía que se parecía a mi amigo Alex, después comprendí que así son las personas chingonas, no se conforman con cualquier cosa y van siempre por más, con la certeza de que se puede más y al mismo tiempo sabiéndole la medida exacta a cada uno de quienes la rodeaban.


No sé si vamos haciendo las cosas bien, tampoco me interesa, solo sé que su ausencia no dejará de sentirse, y que donde sea que esté, cada vez que mis manos prendan una vela o estén tendiendo ropa, ahí voy a estar platicando con ella, y ella escuchándome.
La gente buena no se entierra, se siembra.


Y aunque las situaciones a veces parecen difíciles, el amor que dejó aquí alcanza y sobra para seguir sonriendo, llorando y cantando con todo.


Gracias, mamá Juanita. 

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